Artesanas de Tlapazola, formando una identidad | Oaxaca Cultural

Artesanas de Tlapazola, formando una identidad

Artesanas tradicionales del barro rojo, un trabajo heredado de sus madres y abuelitas, quienes se los dejaron en la sangre, van forjando una identidad.

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San Marcos Tlapazola.

Las mujeres de esta comunidad van moldeando una historia en común desde una actividad económica de donde se atan a su pueblo, a sus costumbres y a su cultura. Son artesanas tradicionales del barro rojo, un trabajo heredado de sus madres y abuelitas, quienes se los dejaron en la sangre, van forjando una identidad.

Ángela, artesana con técnica rudimentaria

Ángela Martínez Aragón tiene sus manos ásperas por el trabajo con el barro, pues de manera rudimentaria realiza la mezcla con la arena y el color que bajó del monte, cargando en su espalda, a inicio del año 2017.

En medio del corredor de su casa, un espacio lleno de mazorcas, dejó una parte descubierta donde colocó sus herramientas. Ahí estaban los pedazos de jícaras, plásticos, olotes, trozos de hule de balones, entre otros objetos útiles para realizar sus artesanías.

Del cabello de Ángela se forman dos trenzas que son adornadas con un listón azul, que le rodea la frente y al cual ella le hace un enredijo para sostenerlo. Porta la vestimenta tradicional de Tlapazola, agencia municipal de Tlacolula de Matamoros, que de 2005 a 2010 perdió 145 habitantes. Según el último censo del INEGI, en esa población habitan 969 personas, 583 mujeres y 386 hombres.

Martínez Aragón se hinca sobre un nailon, empieza a mezclar su materia prima, conjuga el barro con la arena y el color para obtener la consistencia requerida para el trabajo; a unos metros el padre de la artesana, pregunta a los reporteros: ¿cuántas piezas se van a llevar? ¿No quiere un almud –medida de 4 kilos que en los pueblos se usa para medir los granos- de maíz?
Ángela sonríe con cierta timidez y en zapoteco de su pueblo, le explica al abuelito de más de 80 años, quien está con un tenate desgranando el maíz, la razón por la cual están tomando las fotos en su casa.

Ángela, mientras tanto, va formando una tasa de barro y comienza a contar sobre la muerte repentina de su mamá, ocurrida el pasado 16 de mayo. “Fue muy rápido, un domingo todavía la llevé al médico y luego falleció. “Quién sabe qué le paso, no sabemos”, expresó con cierta tristeza.

Las mujeres de Tlapazola, aparte de realizar esta actividad económica y obtener recursos en la venta, preparan la comida, elaboran las tortillas y están pendientes de los quehaceres domésticos. Los hombres se dedican al campo.

Ángela tiene un cuarto con sus artesanías donde exhibe platos, tazas, floreros, los jarros, entre otros inventos sacados de su imaginación. En ese cuarto lleva a la gente cuando buscan piezas de diferentes modelos y precios que van desde los 20 a los 700 pesos o más.

La artesana trabaja el barro desde los 8 años y pertenece a una unión de cien mujeres, quienes trabajan en conjunto cuando deben de entregar grandes pedidos.

Uno de los objetivos de la mujer es obtener un taller con beca para sus vecinas, donde además de aprender, puedan tener un ingreso adicional.

A una cuadra de la casa de Ángela, está el taller de Elia Mateo Martínez.

Elia y sus 3 décadas de artesana

Elia tiene 35 años de edad, aprendió a acarrear el barro y el color desde pequeña, cuando su madre la llevaba a los terrenos de Tlapazola a juntar lo necesario para elaborar las piezas de barro.

Las artesanas se llevan al menos dos horas para elaborar las piezas, otras horas más para colocar el horno improvisado, que consta de leña gruesa, algunas piezas de maguey, con una base y el calor del sol para cocer las piezas.

“No tenemos torno ni hornos, tampoco las herramientas para hacer algo más industrializado, todo es artesanal lo que nos da un valor agregado”, expresó desde esta agencia registrado con alto índice de marginación y en rango medio de rezago social.

En su domicilio está el punto de venta de otras mujeres de este pueblo, que también forman parte de la Unión de Artesanas. En ese espacio, exhiben artículos de diversos tamaños, precios diversos, de acuerdo al tiempo invertido, al material y otros insumos que inciden en el costo.

“Nosotras estamos muy bien con este trabajo, no siempre tenemos ventas, pero es algo que nos ayuda a sostenernos”, expresó Elia.

Las trabajadoras del barro rojo, dedican al día varias horas y en esa actividad han encontrado la forma para evitar la migración y aferrarse a su comunidad.

En este pueblo, de algunas calles empolvadas, viven cientos de mujeres artesanas, quienes con sus manos, sin ayuda de herramientas eléctricas o mecánicas forman sus piezas con barro rojo.

Por ese esfuerzo, esta comunidad ya destaca en esta artesanía a nivel nacional e internacional.

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