En Tlaxiaco procesión de fe y sacrificio | Fiestas y tradiciones

En Tlaxiaco procesión de fe y sacrificio

La tradición del barrio de San Nicolás revela la vida de Jesús en 14 estaciones y una procesión

La procesión de más de dos horas, 14 estaciones que representan los episodios más notables de la pasión de Jesús, hincados en cada uno de ellas; alabanzas, rezos y plegarias de “perdona tu pueblo señor” la orquesta, soldados romanos y penitentes descalzos, acompañan la tradición religiosa del barrio de San Nicolás, Tlaxiaco.

Procesión que acompaña el sacerdote, sus acólitos, penitentes vestidos de sotana negra y cucurucho, en cada una de las estaciones se hace ritual, se pide por todos, se ruega por los pecados, rezos, cantos y plegarias que se armoniza con las notas de tambora y corneta.

La orquesta va adelante haciendo las tonadas y melodías acordes a Semana Santa, los católicos de este barrio de Tlaxiaco demuestran devoción centrada en los misterios dolorosos de Cristo, que se meditan y contemplan caminando.

 

Se detienen en cada una de las estaciones para decir los episodios más notables de la pasión que simbolizan el luto con rezos y canto por la pasión y muerte de Jesucristo y para implorar en beneficio de todo el fruto de su pasión.

Las estaciones tienen un núcleo central, expresado en un pasaje del evangelio o tomado de la devota tradición cristiana, que propone a la meditación y contemplación uno de los momentos importantes de la Pasión de Jesús, dio a conocer, Griselda Cisneros Montes, encargada de la identidad del barrio De San Nicolás.

 

Se acostumbra la exposición del acontecimiento de los hechos que sufrió Jesús y a la vez la predicación sobre el mismo, así como la meditación silenciosa, este es un núcleo central que suele ir precedido y seguido de diversas preces y oraciones y mientas se va de una estación a otra, suelen introducirse cantos adecuados.

Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz. Por ello, es necesario hacer conciencia que condenado a muerte, Jesús quedó en manos de los soldados del procurador, que lo llevaron consigo al pretorio y, reunida la tropa hicieron mofa de él. Llegada la hora, le quitaron el manto púrpura con que lo habían vestido para la burla, le pusieron de nuevo sus ropas, le cargaron la cruz en que había de morir y salieron camino del Calvario para allí crucificarlo.

 

En su camino hacia el Calvario, Jesús va envuelto por una multitud de soldados, jefes judíos, pueblo, gentes de buenos sentimientos, también se encuentra allí María, que no aparta la vista de su Hijo, quien, a su vez, la ha entrevisto en la muchedumbre. Pero llega un momento en que sus miradas se encuentran, la de la Madre que ve al Hijo destrozado, la de Jesús que ve a María triste y afligida, y en cada uno de ellos el dolor se hace mayor al contemplar el dolor del otro, a la vez que ambos se sienten consolados y confortados por el amor y la compasión que se transmiten.

Nos es fácil adivinar lo que padecerían Jesús y María pensando en lo que toda buena madre y todo buen hijo sufrirían en semejantes circunstancias. Esta es sin duda una de las escenas más patéticas del vía crucis, porque aquí se añaden, al cúmulo de motivos de dolor ya presentes, la aflicción de los afectos compartidos de una madre y un hijo. María acompaña a Jesús en su sacrificio y va asumiendo su misión de corredentora.

 

Los penitentes visten de negro con sotana y sin zapatos, pero en datos se da a conocer que el gorro puntiagudo se remonta a la época de la Inquisición: a los condenados se les colocaba un gorro similar, que normalmente llevaba pintadas figuras alusivas al delito cometido o a su castigo (por ejemplo las llamas del infierno). Precisamente, por este significado de “penitencia” las hermandades sevillanas lo adoptaron en el siglo XVII, y la costumbre se extendió pronto a otras ciudades. La forma cónica del capirote alude al acercamiento del penitente al cielo. La tela que cae sobre la cara y el pecho, sirve para ocultar el rostro y preservar la identidad del penitente.

 

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