Iluminan panteón de Santa María Atzompa, Oaxaca | Día de Muertos

Iluminan panteón de Santa María Atzompa, Oaxaca

En un ambiente de solemnidad y absoluto respeto por las almas vivientes estos días, la gente vela a sus difuntitos

Las almas parecen bailar entre las tumbas, mientras el viento se pasea en el panteón de Santa María Atzompa.
Los rezos empiezan a escucharse en quienes entrelazan sus manos y piden por aquellos que se adelantaron y reviven con las llamas.

Es la Iluminación del panteón del pueblo de artesanos y alfareros, zona de gran riqueza arqueológica y cuna de familias zapotecas, que reúne a cientos de habitantes que visitan a sus muertos, conversan y comen con ellos.

A media hora de la capital oaxaqueña, propios y extraños acuden a este lugar con olor a cempasúchil e incienso.

El fuego ilumina los rostros de niños, niñas y ancianos. Las sombras que van de tumba en tumba confunden a algunos… pero alegran a otros.

Un morral con pan y un recipiente con café se comparten entre las familias. Ahí descansa don Manuel, el carpintero, o doña Luisa, la mujer que se fue a los 82 años y dejó seis hijos y 13 nietos.

El pueblo de Santa María Atzompa ilumina el panteón con gran ánimo; visita a sus muertos y estrecha lazos, comparte la sal con sus vecinos, ahoga sus penas entre llantos, ofrece disculpas, añora, sonríe y a veces solo guarda silencio.

Miles de flores amarillas adornan el lugar; la música también alivia las almas, ofrece compañía y suspiros.

Atrás queda el sonido de los ambulantes que se concentran en la entrada del panteón, donde venden flores, comida y agua. El espacio de los muertos con los vivos ofrece calma y reflexión.

Con más de 21 mil habitantes, las calles de Atzompa también brindan cobijo. “No es momento de dolor, sino de alegría.

Nuestros muertos están aquí, entre nosotros…”, dice una mujer de avanzada edad, con vestido gris y reboso negro, mientras va del brazo de uno de sus hijos.

Las velas acompañan a las flores y a los muertos. Reviven los consejos y los reclamos de aquel que se fue hace varias décadas o de aquella que partió hace algunos años.

Los niños pasean entre las tumbas sin miedo; los jóvenes ríen y conversan entre fotografías y videos; las mujeres y los hombres adornan, ponen nuevas velas, limpian la cera que se esparce. Los ancianos caminan a paso lento y se sientan.

En la entrada, tumbas recientes de tierra dan la bienvenida. “No hay para el cemento todavía, mi hermana murió hace unos días”, expresa una mujer con su mandil y reboso que cubre su espalda, mientras agacha la mirada y prepara algunas flores que pondrá entre la tierra húmeda.

Algunas tumbas han sido olvidadas por los familiares, pero no por los vecinos o los habitantes que se desprenden de flores y velas a un costado de las cruces de madera y de fierro.

Los habitantes de Atzompa invitan a extraños a su pueblo, al panteón que vuelve a renacer con la energía de quienes recuerdan y extrañan a los que ya se fueron.

 

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